Crítica Happy End, de Michael Haneke

July 14, 2018

 

Si algo tiene Michael Haneke es una capacidad innata para resquebrajar el concepto de sociedad actual. Si en Caché nos hablaba sobre la inmigración en Francia y el hermetismo social por aceptar y abrazar a quien es diferente, en Happy End arremete directamente contra la clase burguesía francesa.


La trama transcurre en la villa de Calais, ciudad en la que se ubica la famosa escultura de André Rodin dedicada a aquellos seis burgueses franceses que se levantaron de forma totalmente altruista contra la invasión francesa en defensa de su pueblo. Aquello sucedió en 1.347 y sus protagonistas fueron considerados héroes. Calais, enclave importante durante la Segunda Guerra Mundial que permitió la evacuación de 3.000 soldados del sitio de Dunquerque. Hoy en día es uno de los lugares de veraneo más destacados del norte de Francia, marcada por el crecimiento de la inmigración durante los últimos años. Haneke nos habla de este cambio social a través de una familia de burgueses totalmente desestructurada: un padre que se quiere suicidar, una hija que busca el amor fuera de las fronteras de su país, un hijo que no sabe querer, un nieto que no sabe lo que quiere en su vida y una niña con inclinaciones violentas. Una familia que representa una parte de la sociedad que trata de mantener de cara a los demás una imagen irreal de clase, pero también hacia los propios miembros de la familia. Una sociedad que sabe que su tiempo ha terminado, pero que es incapaz de aceptarlo y hablarlo. La única solución para filtrar este sentimiento a veces, vuelve a ser, la violencia.


A raíz de dos catástrofes (el derrumbamiento de la obra que gestiona la familia y el fallecimiento de la ex mujer del hijo del patriarca) todos los personajes se juntan en la gran mansión familiar. Mediante su estilo propio Haneke introduce la cámara entre esas paredes y deja que el espectador sea testigo de esa realidad. Al igual que ya hizo mediante el film anteriormente mencionado, utiliza los medios digitales para darle una visión vouyerística a la historia, en este caso mediante el uso de las redes sociales como medio a través del cual los personajes expresan sus deseos más viscerales. El Happy End del título es otra muestra representativa más de ese sarcasmo fílmico de Haneke, en el que cada secuencia nos introduce más en el
pensamiento de los personajes haciendo que el espectador sienta lástima por ellos. 

 

El director alemán vuelve a contar con Isabelle Hupert tras El Tiempo del Lobo y La Pianista, y se rodea también de un gran elenco encabezado por Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz y Toby Jones. Una película esperada y de análisis como ya viene siendo común en la filmografía de este excelente realizador que no debería dejar indiferente a nadie. Totalmente recomendable.

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